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¿Te atreverías a salir de tu zona de confort?



…¿Interrumpirías tu rutina porque una voz interior te dice: «¿Levántate, ve a ese lugar… y habla con esa persona»? 

No conoces el lugar. Nunca has visto a esa persona, y nada tiene sentido. Todo dentro de ti te dice: «¡Esto es una locura!». Pero en el fondo, sabes que es Dios quien te pide que hagas algo específico. ¿Darías ese paso?

Eso fue exactamente lo que le pasó a Jordan, el Gerente de Ministerio de ShareWord Global para América Latina, mientras estaba en Chincha Alta, Perú, con su compañero canadiense Sam, su traductora peruana Nathaly y los dos hijos pequeños de un pastor local. Todos formaban parte de un equipo ShareWord GO, listos para compartir el evangelio con el pueblo peruano.

Chincha Alta es una ciudad vibrante en la costa de Perú, llena de color, mercados bulliciosos, aromas de fruta fresca y el ruido de los vendedores que llaman a la gente. La vida se mueve rápido allí. Detener a alguien para conversar no es sencillo.

Y fue precisamente aquella mañana cuando Jordan vio a dos mujeres, Jaqueline y Patricia, saliendo del mercado con bolsas de la compra y una niña pequeña. Al verlas, un diálogo interno comenzó a reproducirse en su mente: «Probablemente necesitan escuchar el evangelio… pero no van a querer oírlo. Tienen prisa por llegar a casa».

Su primer impulso fue no molestarlas. Pero su compañero, Sam, fue más audaz. Se acercó directamente a ellas y les preguntó si podían hablar sobre Jesús. Para sorpresa de Jordan, los ojos de ambas se iluminaron y respondieron inmediatamente que sí.

El grupo se apartó a un lado de la vereda y comenzó a conversar. Jordan y Sam pronto supieron sus nombres, y descubrieron que Jaqueline y Patricia eran católicas, amaban a Jesús, pero no estaban viviendo su fe. Mientras hablaban, dos niños jugaban al fútbol cerca de allí —Liam y Francisco— se acercaron, con curiosidad por lo que se decía aunque algo tímidos. Jordan los invitó a unirse y volvió a comenzar el mensaje del Evangelio para que ellos también pudieran escucharlo. A medida que las palabras de esperanza fluían como néctar dulce, comenzaron a atraer a más personas. 

Entonces, como en una cita divinamente preparada, apareció Ashley.

Ashley caminaba sola cuando algo en la conversación le llamó la atención. Atraída por lo que escuchaba, se detuvo, curiosa y sedienta de esperanza. En lo más profundo de su ser, Ashley cargaba heridas de dolor y el rechazo. Anhelaba encontrar una comunidad de personas a quienes pudiera llamar amigos y familia en la fe; sin embargo, su relación con Jesús estaba muy debilitada, casi inexistente en ese momento. Cuando Jordan la invitó a acercarse, ella aceptó con alegría, ansiosa por escuchar y descubrir la esperanza que su corazón había estado buscando.

La escena parecía abejas atraídas por una flor, dando vida a un jardín. Una persona se acercó, luego otra más, y pronto un pequeño grupo de corazones hambrientos se reunió alrededor de la Palabra de Dios que se compartía. En cuestión de minutos, cinco personas estaban escuchando las Buenas Nuevas. Todo porque alguien decidió salir de su zona de confort y dar el primer paso.

Estas cinco vidas no podían ser más diferentes: diferentes edades, diferentes historias, diferentes luchas:

Jaqueline y Patricia buscaban esperanza.

Ashley anhelaba amor y comunidad.

Los chicos querían paz y seguridad.

Sin embargo, a todos ellos fueron alcanzados con el mismo mensaje.

Lo que unía a estas cinco vidas tan diferentes era una profunda necesidad de esperanza, y esa esperanza estaba a punto de ser explicada con claridad. 

Jordan abrió una revista Esperanza y comenzó a compartir el evangelio, señalando el Salmo 23 y Juan 3:16. Habló de Jesús como el Buen Pastor que cuida de nosotros y les recordó que la salvación es un regalo, no algo que ganamos. A medida que las palabras penetraban en sus corazones, la tensión y el dolor comenzaron a desvanecerse.

Cuando llegó la invitación a recibir a Cristo, los cinco respondieron con alegría. Oraron la oración impresa al final de la revista, y sus voces se unieron en un sincero «amén».

El momento fue tan conmovedor que Sam sugirió que formaran un círculo. Tomados de la mano, con Nathaly traduciendo, Sam impartió una bendición final sobre el grupo. Fue una imagen poderosa: extraños ahora unidos como una familia en Cristo. Cuando terminó la oración, se intercambiaron abrazos, surgieron sonrisas y se respiró un ambiente de celebración en esa concurrida vereda. Jordan los animó a conectarse con la iglesia local, recordándoles que esto era solo el comienzo de un nuevo viaje de fe.

Ese día en Perú nos recuerda una verdad poderosa: el evangelio avanza cuando hay corazones dispuestos a salir de su zona de confort. 

Todo comenzó con una simple decisión … y también puede comenzar con la tuya.

Hoy, tú y yo tenemos la misma oportunidad. Atrevernos a salir de nuestra zona de confort.

Cuando te sientas al lado de alguien en el autobús

Cuando el barista te entrega tu café por la mañana.

Cuando converses con el maestro de tu hijo.

Cuando esperes en la fila del supermercado o camines por el parque.

En esos momentos, el Espíritu puede estar susurrando a tu corazón: «Cuéntales acerca de Jesús».

Solo hace falta un pequeño acto de obediencia… y el cielo se abre.

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